Auguste Rodin (París, 12 de noviembre del 1840 ? Meudon, 17 de noviembre del 1917) es uno de los más importantes artistas impresionistas. Rodin revolucionó la escultura, desde la creación de su primera obra, El hombre de la nariz rota, hasta su más conocida creación, El pensador. Con Rodin y algunos de sus contemporáneos como Monet, Renoir, Manet o Cézane llego una nueva concepción de las artes. Auguste Rodin
y sus compañeros eran unos rebeldes contra el academicismo imperante y
la voluntad subjetiva sobre la obra y para ello, dotaban sus creaciones
de personalidad y las alejaban de cualquier representación mimética del
modelo. Auguste Rodin se adhirió al movimiento impresionista, que contaba con el apadrinamiento de pintores como Puvis de Chavannes, Odilon Redon, Gustave Moreau y el americano James Whistler, y escritores como Mallarmé, o incluso Baudelaire, que aborrecía soberanamente la escultura.
Auguste Rodin fue un beligerante de la
causa en contra de la Academia, pero, sin embargo, biográficamente
siempre se ha destacado el apego de Rodin por acometer la
revolución al margen de sus colegas, sin compartir discusiones ni
tertulias de café, encerrado en su taller parisino de Meudon,
exclusivamente preocupado por su carrera y su repercusión social. Bien
es verdad que se ha tendido a mitificar en exceso la soledad del autor,
que, en cambio, no dudaba en presentarse a los concursos de los salones
que se convocaban en la época o en asistir a veladas de alta sociedad.
Auguste Rodin se inició en la escultura con El hombre de la nariz rota, una escultura que presentó en 1864 en el Salón Oficial y que fue recibida con muy malas críticas. Rodin
utilizó como modelo a un criado suyo, Bibi, pero la obra fue rechazada
por su realismo que en ese momento chocaba frontalmente con la belleza
estereotipada a la que obligaba la Academia. Cuando tiempo después un
amigo de Auguste Rodin la mostró a los académicos diciendo que era una obra de la antigüedad clásica, la escultura recibió la admiración unánime.
Pero sin duda, su obra más conocida es El pensador, y a través de ella, Auguste Rodin trató de representar a Dante frente a las puertas del infierno para ensalzar así su poema. Rodin realizó el primer modelo de El pensador
en 1880, y sin embargo, no fue hasta 1904 que se presentó en público.
La estatua está fundida en bronce y pesa 650 kilos, y a día de hoy
existen múltiples versiones de esta escultura en todos los rincones del
mundo. La escultura más famosa de Auguste Rodin se puede ver a día de hoy en día a las puertas del museo francés que lleva su nombre. Rodin consiguió dotar a El pensador
de una enorme cuota de realismo, llenándola de rasgos propios e
identificativos de las personas y reflejando la lucha interna por la
meditación y el poder abstraerse del mundo exterior para lograr el
equilibrio espiritual.
Después de un viaje a Italia, Auguste Rodin fue consciente de que el cambio estético habría de venir de la mano de Miguel Ángel. En Florencia se entusiasma ante el sepulcro de Juliano de Médicis, con las esculturas de La noche y El día, y con La piedad que Miguel Ángel había previsto para su propia tumba. A partir de entonces, el proceso de trabajo de Auguste Rodin quedó marcado por la observación y análisis de la técnica del maestro, por aquel deliberado inacabado, el «non finito»,
que él contextualizará a finales del siglo XIX en el pensamiento
impresionista de las sensaciones. Las diferentes texturas del material,
provocadas por zonas desigualmente trabajadas, impactarán de lleno en
los mármoles, bronces y arcillas de la obra de Auguste Rodin.
Es curioso que los inicios de Auguste Rodin
no presagiasen la fama que lo acompañó en vida, porque, cuando empezó a
interesarse por el arte, el escultor fue de fracaso en fracaso. Después
de intentar, al menos en tres ocasiones, entrar en la escuela de Bellas
Artes de París, sin conseguirlo, colaboró en distintos talleres
artesanos en los que se fabricaban piezas ornamentales en serie o se
decoraban jarrones de Sèvres, trabajos no precisamente estimados
creativos, pero que lo ayudaron, hasta cerca de los cuarenta años, a
tener una economía más o menos saneada.
Mientras, empeñado en que se lo reconociera por sus trazas artísticas, Auguste Rodin envió al Salón de 1865 la escultura El hombre de la nariz rota, que fue rechazada; posteriormente, la pieza La edad del bronce
levantó un comunal escándalo, al especularse sobre la idea de un
vaciado del natural, una especie de máscara del rostro del propio
modelo. Auguste Rodin casi se arruina en los tribunales al defenderse.
Auguste Rodin y su controvertida vida
Sin embargo, algunas de las controversias en vez de perjudicarle terminaron por beneficiar a Auguste Rodin.
Pronto adquirió fama de artista independiente y vanguardista, lo que
contribuyó a que particulares e instituciones le hiciesen sus primeros
grandes encargos. La puerta del infierno, Monumento a Balzac o Los burgueses de Calais
no dejarán terreno para la duda en sus contemporáneos. Estaban ante el
mejor escultor de la incipiente modernidad, perfecto heredero de la
estela renacentista de Bernini y Miguel Ángel.
Por muchos motivos, Auguste Rodin fue una
avanzadilla de su tiempo. Hoy es habitual asumir el trabajo de taller en
el que el escultor cree la idea sobre un papel y supervise el proceso
de colaboradores que la lleven a cabo. Pero hasta entonces, el artista,
además de ser el artífice original de la obra, dibujaba, moldeaba y
vigilaba al detalle la fundición. Como mucho, los alumnos aportaban su
granito de arena elaborando algún pequeño retazo de la figura. En el
taller de Meudon, había ya moldeadores que daban forma al barro, al yeso
y a la cera, devastadores que con cinceles extraían las formas al
mármol, adornistas que elaboraban tocados, asistentes especializados que
agrandaban o reducían las tallas, gente de su confianza que plasmaba al
detalle las líneas de actuación señaladas por el creador.
La influencia de Auguste Rodin sobre los
artistas que accedían a su taller era tal que incluso algunos de los que
pretendían sobresalir por sí mismos, como Brancusi, renunciaban
voluntariamente a recibir sus enseñanzas. Preferían fabricarse su futuro
sin el peso de una propuesta que, sabían, signifi caba el comienzo de
una nueva concepción artística. La imagen del Deus artíficex era
una realidad en aquel espacio habitado por bocetos, maquetas, intentos
fallidos y esculturas con vida propia. Ayudantes como Rose Beuret y Camille Claudel, en su admiración, terminaron por no distinguir al hombre del artista.
La extensa producción de Auguste Rodin
La producción del taller era enorme, porque Auguste Rodin
con su «ejército de operarios» multiplicó sus piezas, conservando sus
moldes para luego reproducirlas a distintas escalas en bronce y mármol.
Solo el Museo Rodin en París cuenta en la actualidad con alrededor de 5.000 yesos.
Poco antes de morir, Auguste Rodin legó al
Estado francés todos sus derechos con lo que a partir de entonces no
han dejado de repetirse los vaciados de sus piezas más emblemáticas. ¿Se
podrían considerar estos calcos de la obra original como
falsificaciones? El debate está abierto desde hace décadas, terciando en
él desde Bénédite, el primer director del Museo Rodin, hasta
especialistas como Rosalind Krauss, que ha dedicado páginas a lo que
ella llama «la pluralidad irreducible, una condición que no se reduce a
la unidad, a lo singular o único». Pero bien se podría afi rmar que el
primer instigador de las dudas entre lo verdadero y lo falso fue, con
sus interesados «criterios de comercialización», el propio Auguste Rodin, contribuyendo a que figuras como El pensador
llegarán a adornar, incluso, decorativos relojes de mesa, acercando
incómodamente los límites de una obra de arte y un objeto Kirsch.
Al margen de estas disquisiciones, Auguste Rodin
fue reconocido, junto a Cézanne , como uno de los padres de la
modernidad, capaz de crear mundos de gran belleza, de transformar la
realidad en alegoría, de extraer del interior de la piedra toda la
fuerza de una imagen. Auguste Rodin desplegó su imaginación a
través de una amplia iconografía de temas religiosos, literarios y
mitológicos, pero hubo un género en el que se prodigó especialmente, el
desnudo.
Auguste Rodin y el desnudo
A lápiz y a acuarela, los dibujos de Auguste Rodin
y, evidentemente, sus esculturas contornean las figuras de sus modelos
en poses y gestos voluptuosos, que franquean la línea sensual hacia el
erotismo, una libertad plástica y moral que en no pocas ocasiones azuzó
el escándalo en una sociedad que, ante la aventura de las atrevidas
vanguardias, despertaba a los nuevos tiempos con sorpresa y no sin
cierto desconcierto.
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